En algún momento de una entrevista televisiva, alguien dice algo históricamente verificable: que muchos de los derechos que hoy damos por sentados no se conquistaron en mesas de diálogo. La conductora lo interrumpe antes de que termine. “Espera. ¿Estás diciendo que la violencia es el camino? Hay jóvenes que te están escuchando. Eso es una irresponsabilidad.”
El entrevistado no había dicho eso.
Lo que había dicho era simple: que el sufragio femenino, los sindicatos, las independencias nacionales, no llegaron pidiendo permiso. Que detrás de casi cualquier derecho que hoy parece obvio hay un momento en que alguien dejó de pedir y empezó a exigir. A veces con marchas. A veces con algo más. No como principio, sino como dato. Como lo que efectivamente ocurrió.
Nadie propone revisar la independencia porque el método fue violento. Nadie plantea eliminar los derechos laborales porque quienes los conquistaron no siempre fueron pacíficos. Si el proceso fue inaceptable, la lógica diría que habría que deshacer lo conseguido. Pero nadie dice eso. El proceso se acepta. El resultado se celebra.
Entonces la pregunta no es si la violencia es buena o mala. Esa discusión ya está cerrada. La pregunta es otra: si celebramos lo que produjo, ¿con qué autoridad condenamos el proceso que lo hizo posible? El mismo país que declara feriado por su independencia condena cualquier protesta que se parezca, aunque sea remotamente, a lo que hizo posible ese feriado.
Nadie quiere vivir en un sistema donde la violencia sea una herramienta legítima. No es hipocresía. Es instinto. Las instituciones lo formalizan, la prensa lo refuerza, y la mayoría de las personas lo sostiene porque necesita sentir que vive en algo estable. No es mentira. Es cohesión, y funciona. Condenar la violencia no es un error del sistema. Es parte de lo que lo mantiene en pie.
El problema aparece cuando esa herramienta se vuelve automática. Cuando ya no distingue entre quien destruye por destruir y quien exige porque ya no tiene otra palanca. Cuando equipara el vandalismo sin causa con la desesperación que acumula décadas de historia detrás. Al que lleva años sin respuesta se le pide que siga intentándolo por las buenas, que confíe en el diálogo, que las cosas se pueden resolver. Como si todo pudiera solucionarse en una asamblea bien iluminada, con café y PowerPoint.
Cuando protestar sin molestar se convierte en la única forma aceptable de protestar, y protestar sin molestar es simplemente no protestar, el mensaje ya está dado: puedes quejarte, siempre que nada cambie.
La periodista que interrumpió probablemente asume que siempre hay una alternativa más civilizada. Lo que no pregunta es si ya se intentó. Si hubo marchas ignoradas, peticiones archivadas, décadas de paciencia que no movieron nada. Qué se le dice a alguien que agotó lo pacífico y no obtuvo respuesta.
Que espere un poco más.