Cuando decidir se vuelve dogma

Un amigo te recomienda una película. Dices que no te genera interés. Pasan las semanas, todos la elogian, escuchas suficiente para sospechar que probablemente es buena. Pero ya dijiste que no. Verla ahora y que te guste no sería descubrir algo nuevo — sería admitir que el otro tenía razón cuando tú la descartaste. Entonces no la ves. No por desinterés, sino para no darle la razón.

Parece trivial. Es una película. Pero a veces no defendemos una postura porque sigamos creyendo en ella, sino porque ya la hicimos nuestra. Cambiarla deja de sentirse como corregir una opinión y empieza a sentirse como perder. En el trabajo, en la crianza, en las opiniones que se defienden en público, el mecanismo es el mismo — hay un punto donde una decisión empieza a percibirse como verdad, no porque haya sido mejor evaluada, sino simplemente porque ya fue tomada. En ese punto, la mente deja de explorar y empieza a justificar lo que ya decidió.

Ese desliz no ocurre de forma evidente ni abrupta. Ocurre cuando “decidí así” empieza a confundirse con “así debe ser”. Y una vez que eso pasa, reconsiderar tu primera decisión ya no se siente como un ejercicio de reflexión. Se siente como admitir que estabas equivocado.

Esa incomodidad se vuelve evidente en las entrevistas políticas y los debates públicos. Ahí, la firmeza no es opcional. El formato exige respuestas claras, posturas definidas y mensajes cerrados.

En este contexto, defender una postura se ve como carácter. Cambiarla, como debilidad.

Decir “podría estar equivocado” no se interpreta como honestidad intelectual, sino como falta de liderazgo. En ese escenario, no se está buscando la verdad más precisa, sino enviar una señal clara: control, seguridad, coherencia. Y, siendo justos, responder así cumple una función. La audiencia no quiere asistir a un ejercicio de duda permanente; quiere saber qué postura representa esa persona. La firmeza ordena, reduce ambigüedad y permite tomar posición.

El problema aparece cuando esa firmeza, útil para el escenario público, se traslada al trabajo, a la crianza, a las conversaciones cotidianas. La postura ya no se revisa ni siquiera en privado. El rol se solidifica. El uniforme empieza a confundirse con la piel.

En el trabajo ese proceso es menos visible, pero funciona igual. Un gerente recibe un área en crisis. Se requieren decisiones rápidas, así que adopta un estilo más autoritario, exige reportes diarios, centraliza las aprobaciones. Podría ser válido. En momentos de crisis, decisiones urgentes o equipos desorientados, la firmeza es necesaria. Un gerente que duda en exceso puede generar más caos que claridad. Alguien tiene que decidir, aun sabiendo que la información es incompleta. Con el paso del tiempo, ese estilo que funcionó en la crisis se congela. El gerente deja de revisarlo. No porque siga siendo el mejor método, sino porque cambiarlo implicaría admitir que hoy decidiría distinto. Y en un entorno jerárquico, admitir algo así se siente como perder autoridad.

La firmeza deja de servir al equipo y empieza a proteger su ego.

En la crianza el mecanismo es el mismo, aunque rara vez se señala. Los niños necesitan límites claros. No todo puede estar siempre en discusión. La firmeza cumple una función estructural. Pero muchas decisiones nacen de momentos específicos — un padre que prohíbe algo porque a él le fue mal con eso, o porque no tenía toda la información, o simplemente porque así lo criaron a él — y con el tiempo se elevan a verdades incuestionables: “porque así es”, “porque es lo correcto”. Cuando esas decisiones envejecen, revisarlas ya no parece una mejora, sino una amenaza a la autoridad o a la imagen de “buen padre”. Resulta más cómodo transformar en dogma una decisión pasada que volver a pensarla a la luz de nueva información.

El patrón se repite. Y no solo en gerentes o en padres. La firmeza no es el problema. El problema es olvidar que fue contextual. Decidir con información incompleta es inevitable. Lo peligroso es actuar luego como si esa decisión hubiera sido definitiva, universal y eterna.

Decir “esto es lo mejor que veo” rara vez genera conflicto. El conflicto aparece con la segunda parte: “hasta que vea algo mejor”. La obstinación paga rápido: da identidad, certeza y pertenencia. Revisar la propia postura, no tanto.

Quizás por eso es tan difícil sostener una postura con firmeza y, al mismo tiempo, mantenerla abierta. No porque sea imposible, sino porque te exige distinguir entre decidir y creer, entre comunicar y pensar, entre el rol que desempeñas y la persona que lo habita.

Y en ese punto queda flotando algo difícil de resolver: cuántas de nuestras certezas siguen en pie porque aún funcionan… y cuántas simplemente porque ya no sabemos cómo soltarlas.

Scroll to Top