La idea se repite como un mantra. Aparece en planes de desarrollo, en presentaciones económicas, en foros donde se habla de futuro: si todos los países adoptan el modelo correcto, todos pueden llegar. Industrializarse, crecer, alcanzar el nivel productivo de las grandes potencias. El mensaje es tranquilizador porque convierte el desarrollo en una cuestión de método y voluntad. Si alguien no llega, se asume que eligió mal el camino o que simplemente no hizo lo suficiente.
Durante décadas, ese camino se presentó como una ruta universal. Una secuencia lógica que, en teoría, cualquier país podía recorrer. Lo que rara vez se menciona es que ese recorrido no ocurrió en un terreno vacío. Se dio en un mundo con pocos competidores fuertes, abundancia relativa de recursos y una estructura global ya organizada en torno a quienes llegaron primero. El contexto no era parejo, pero el relato terminó siéndolo.
El problema aparece cuando muchos países intentan ocupar exactamente el mismo lugar al mismo tiempo. No porque no tengan la capacidad, ni porque falte talento, instituciones o ambición. Incluso si asumimos Estados competentes, ciudadanos educados y acceso a tecnología, el sistema empieza a mostrar límites. No límites morales, sino físicos y estructurales. La dificultad no está en aprender a producir, sino en producir simultáneamente bajo el mismo formato.
Los estilos productivos dominantes implican enormes flujos de energía, grandes volúmenes de materiales, cadenas logísticas extensas e infraestructura intensiva. Si decenas de países intentan desplegar ese esquema de manera paralela, los efectos no tardan en aparecer: suben los precios, surgen cuellos de botella, se tensionan recursos clave. No porque alguien acapare deliberadamente, sino porque la demanda agregada supera la capacidad de provisión en el corto y mediano plazo.
A esto se suma un factor menos visible, pero igual de decisivo: la estructura previa. El sistema global ya está organizado alrededor de centros financieros, hubs tecnológicos, nodos logísticos y normas técnicas consolidadas. Cambiar esa arquitectura no es imposible, pero tampoco es instantáneo ni simultáneo. Aunque todos sepan qué hacer, no todos pueden hacerlo a la vez sin reorganizar profundamente el sistema que conecta producción, financiamiento y comercio.
Este punto suele quedar fuera del discurso público. Se habla de convergencia, de cerrar brechas, de replicar modelos exitosos, como si el principal obstáculo fuera la falta de conocimiento. Pero rara vez se menciona que el orden actual fue construido en un momento histórico distinto, con menos actores intentando ocupar los mismos roles. El desarrollo no ocurre en aislamiento. Es relacional. Cuando muchos avanzan al mismo tiempo hacia el mismo lugar, el propio entorno cambia.
Ahora bien, esa omisión no es solo ingenuidad. El discurso optimista también cumple una función. Pensar que “es posible llegar” ha sido, para muchos países, un motor real de reformas, inversión y esfuerzo colectivo. Sin esa expectativa, difícilmente se habrían dado procesos de industrialización o expansión productiva. Un relato demasiado crudo desde el inicio puede desmovilizar más de lo que aclara. En ese sentido, simplificar la historia también ha sido una herramienta para empujar el progreso, incluso si no contaba toda la verdad.
La ciencia y la tecnología introducen una nueva tensión. Mejoran la eficiencia, reducen costos por unidad producida, permiten hacer más con menos. En teoría, podrían aliviar parte de estas limitaciones. Pero también aceleran la competencia por nuevos insumos, nuevas infraestructuras y nuevos conocimientos. Y, en general, los primeros en beneficiarse de esas mejoras suelen ser quienes ya cuentan con capital, redes y capacidad instalada. La tecnología no elimina la estructura; la reconfigura, a menudo reforzando ventajas preexistentes antes de redistribuirlas.
Cuando muchos países persiguen simultáneamente el mismo estilo productivo, las fricciones aumentan. No porque falte voluntad, sino porque el sistema no fue diseñado para una adopción masiva y sincronizada. La escalera no solo está ocupada; fue construida para que unos pocos subieran primero, y los demás después, en tiempos distintos.
“La escalera ya está ocupada” no es una consigna pesimista. Es una forma de describir una limitación real que rara vez se discute en voz alta. No todo rezago es incapacidad. No todo avance es replicable en simultáneo. Y no todo silencio es casual.
Tal vez la cuestión no sea si todos pueden alcanzar la cima, sino qué ocurre cuando demasiados intentan subir al mismo tiempo, por la misma ruta y con la misma idea de llegada. Porque en ese momento, el problema deja de ser individual y se vuelve estructural: no quién se esfuerza más, sino cuántos podían subir… y para cuántos fue pensada esa cima desde el inicio.
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